lunes, 22 de julio de 2013

Antes de soñar

Estoy en la hora en que un día se apaga y el otro se enciende. Un velador bajo consumo ilumina con luz tenue mi habitación de tres por cuatro. Tengo cortinas de hierro sobre mi cara que me nublan la vista y por instantes quedo como un astronauta en el espacio descubriendo una nueva galaxia: el sueño.

En caída libre voy directo al infinito y mis brazos se estiran luchando por quedarme en el mundo consciente, estrujando las sábanas. Un sobresalto me deja con ojos de búho y el cuerpo tenso como una liebre capturada por el cuello por un elegante perro de caza.

El esfuerzo me agita y la tensión deja mi rostro como esas botellas salidas hace segundos del refrigerador en un día de verano.

Esta es otra guerra que no se puede evitar. El día contra la noche. Vivir o soñar. No quiero irme de este mundo. Pero la noche se me acerca vestida de moza y me ofrece una tentadora copa de abstracción, rebajada con un chorro de sentidos plenos, dos rodajas de incoherencia y una pizca de percepciones descartadas por mi conciencia.

Mi cuerpo se relaja cuando cubro la cama de punta a punta. Me tienta ese universo de fantasía concentrada y de pronto el miedo me cohíbe. Me da miedo no volver y no poder sentir otra vez. Pienso como sería no despertar jamás. Pienso que no quiero dormir, pero ya no me puedo despertar. Una sudestada de pensamientos contradictorios baña las costas de mi razón y salpica mis sentidos. Me lleva la marea como si fuera un barco de papel en el medio del océano

La tentación se me presentó y accedí a ella una vez más. Otra vez, me quedé dormido.

2 comentarios:

  1. Y si no volves del sueño, te quedas allí, en esa otra dimensión...algunos brujos toltecas, nahuales, se quedaban ahí...no debe ser tan malo.

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