domingo, 21 de julio de 2013

Vibrar

Impaciente. Así era como se sentía. Aturdido, como embriagado, casi podría decirse que confundido. Lo abrumaban muchos sentimientos encontrados. Había esperado tanto tiempo que se le había olvidado la cantidad de veces que su corazón palpitaba cuando se acercaba a ella. La vio, luego de tanto tiempo, y comenzó la cuenta que rápidamente se perdió cuando todos los números chocaron en su cien por ese fuerte abrazo. Corto, pero muy sentido. Se miraban de reojo, con pena, con ganas decirse cosas pero todo bajo un velo de incomodidad y de inseguridad que no hacía más que esconder tras una capa traslúcida los verdaderos sentimientos.

Un primer acercamiento. Hubo un cruce de miradas y un contacto más cercano y un deseo que quedó expreso en un papel. Él le escribió su amor cifrado en número. Era su deseo, su intención de verla, que se veía escrita en forma de un posible contacto telefónico. Algo pasó. Si interpuso una inmensa y larga pared de distancia entre ellos. ¿Sería el tiempo acaso? ¿Sería un sentimiento mal interpretado? ¿Sería que en realidad no era lo que pensaban? Un frío ártico estaba helando su sangre aunque su corazón seguía latiendo ante la más mínima señal de un posible acercamiento. Se oían golpes como si algo quisiera salir. Le brotaban del pecho. Estaba pasando de nuevo. Se habían visto y se había acercado. Él la sentía. Estaba vivo por dentro.

Buscó el mejor momento para que no quede muy evidente su necesidad y la invitó a que se acercara a él. Era la posibilidad para que estuvieran juntos. Eso que había querido y había quedado pospuesto hacía tanto tiempo. Estaban juntos. Solo faltaba un lento acercamiento. Casi tímido fue buscando temas en común, se ubicaron cerca y comenzó una danza que ya había bailado. Se tocaron. Él buscaba sentir sus reacciones. Se acercó a ella, la tomó de los pies y los apoyó en sus piernas para sentirla junto a él. Un tema hacía de cortina musical, algunos comentarios sonaban de fondo pero se escucha la música de la pasión que subía sus tonos a medida que los segundos seguían transcurriendo.

Una excusa fue el disparador perfecto para encontrarse totalmente solos. Aunque ya estaban conectados necesitaban ganar un pequeño juego antes. Interiormente se comían los labios, pero aún se esquivan las miradas de fuego. El calor del cuerpo del otro se sentía como si fueses calefactores. Querían demostrarse que podían resistir esa tentación. Tocaron distintos temas que los mantuvieron lo suficientemente distraídos por unos cuantos minutos, pero la mente de él se nubló. Se perdió en las razones, fluyó con cada una de las gotas de su sangre que hervía. Tomó la iniciativa, se acercó y como con una palada de brasas ardientes quiso encenderla acercándose más y dejándose sentir.

Su mente ya estaba unos pasos por delante de él, se vía abrazándola y besándola, aunque ahí estaban los dos apenas enrollados en la cama para paliar un poco el frío. La pasión quería hacer erupción sobre el cuerpo de su dionisia y sus palabras vencieron la barrera polar que los separaba. Le hablo de lo difícil que era contenerse, resistirse estando en ese momento y lugar. Sus propios nervios ya arañaban las paredes luego de quedarse sin uñas para morder, y sus labios dieron un salto. Cayeron cerca de los labios de ella como esperando una reacción pero ella se quedó inmóvil aunque ya lo había sentido. Un segundo impulso, con más envión ahora, lo hizo caer más cerca de su boca y cuando estaba volviendo a su posición anterior respondiendo al efecto natural del rebote, sintió la atracción de un poderoso imán. Como si el polo norte estuviera magnetizando su brújula, sus labios se pegaron a los de ella.

Se besaron frenéticamente. Las imágenes invadían el cuarto. Arco iris enormes brotaban de las paredes, los estantes temblaban, las luces se perdían en una psicodélica pasión de labios encarnados. Momento. Aire. Alejaron sus cabezas y se miraron como quien aprecia una piedra preciosa en sus manos y se volvieron a fundir. Ya las manos de él, agitaban el suave pelo de la muchacha que agradecía con húmedos besos al joven y este recorría las curvas del cuerpo femenino con sus manos. Las yemas de sus dedos trazaban líneas imaginarias le encendían el cuerpo. Los besos llenaron de fuego la habitación y ya en un calor intenso, los cuerpos con ropas desarregladas, liberaron las prendas que fueron decorando el suelo.

Una alfombra de paños, que antes los vestían, era testigo ahora de un auténtico frenesí. Los labios del joven ya habían dejado la boca de la morena mujer. Se corrían lentamente por su mejilla y con la punta de su lengua bailaban juntos en su oreja. El bello facial de él daba una sensación de cosquilleo que enriquecía más la danza. El joven seguía su trayecto. Bajaba lentamente por su cuello y lo recorría longitudinalmente humedeciendo las zonas que transitaba. Pecho contra pecho, los morenos senos turgentes vibraban mientras unas manos viriles los contenían. Ya prisioneros de sus dedos, la palma de la mano los presionaba exprimiendo la pasión y una caballería de apoyo con la bandera del habla caía en labios carnosos seguida de una formación de bellos que repiqueteaban por el cuello. Se estaba librando una apasionada batalla. Un muchacho devoraba con bocanadas de furor a joven muchacha y la respiración de ambos se hacía cada vez más intensa. Yemas de dedos rodearon y acariciaron el pecho de la mujer y mientras la boca de él pasó el ecuador de su cuerpo y metió de cabeza en el centro máximo de placer. 

Un gemido hizo eco en el cuarto y quedo retumbando en la mente de ambos aún hasta el día de hoy. Labio contra labio. En encuentro vigoroso de partes uniéndose suavemente. Un vals dulce y eterno en donde los pares se fundían en un clima cálido y febril. Hervían los cuerpos, las manos de ella se enredaban el cabello del hombre que enloquecía antes sus placenteras torsiones. Él apenas levantaba su mirada para ver los llanos fundidos con montañas y como un sol naciente la sonrisa iluminada de ella le devolvía el aliento al muchacho para fundirse nuevamente en ella. 

Así bailaron unos largos minutos hasta que la muchacha vibró tan intensa como en un terremoto y explotó por dentro llevando a la superficie toda la belleza que a él lo enamoraba. 



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