Se corta la luz, ni queda agua en el tanque. Dicen que va a llover, pero el calor sigue. ¿Quién tiene pileta? ¡Cortemos todo, rompamos todo, prendamos todo fuego! Jodamos más a los vecinos que no tienen la culpa de si tener luz. ¡¡Es un servició básico!! Más calor, pico de presión. ¡Se me pasa el jamón con melón! Me duele la cabeza, la espalda por dormir en las baldosas y los bolsillos. ¿Cuántas cosas más de la heladera voy a tener que tirar? Mal humor, váyanse todos a cagar, pero con el balde porque si no tienen luz, no les funciona la bomba y no van a tener agua. Los empleados del camioncito de Edenor/Edesur no tienen la culpa déjenlos laburar porque magia no pueden hacer. En menos de un mes no hay más noticias, todos contentos, Edenor/Edesur seguirán ahí y la concha de su madre All Boys. Todo sigue igual. No sabemos hacer quilombo. Yo soy él y tú eres él y tú eres yo y todos somos a la vez. Mira cómo corren, como cerdos ante un rifle, mira cómo vuelan. Estoy llorando. Sentado en un copo de maíz, esperando que llegue la camioneta. Camiseta de la corporación, ¡maldito martes estúpido! Fuiste un chico malo, dejaste que se te ponga la cara larga. Yo soy el hombre huevo. Ellos son los hombres huevo. Yo soy la morsa.
viernes, 27 de diciembre de 2013
lunes, 22 de julio de 2013
Antes de soñar
Estoy en la hora en que un día se apaga y el otro se enciende. Un velador bajo consumo ilumina con luz tenue mi habitación de tres por cuatro. Tengo cortinas de hierro sobre mi cara que me nublan la vista y por instantes quedo como un astronauta en el espacio descubriendo una nueva galaxia: el sueño.
En caída libre voy directo al infinito y mis brazos se estiran luchando por quedarme en el mundo consciente, estrujando las sábanas. Un sobresalto me deja con ojos de búho y el cuerpo tenso como una liebre capturada por el cuello por un elegante perro de caza.
El esfuerzo me agita y la tensión deja mi rostro como esas botellas salidas hace segundos del refrigerador en un día de verano.
Esta es otra guerra que no se puede evitar. El día contra la noche. Vivir o soñar. No quiero irme de este mundo. Pero la noche se me acerca vestida de moza y me ofrece una tentadora copa de abstracción, rebajada con un chorro de sentidos plenos, dos rodajas de incoherencia y una pizca de percepciones descartadas por mi conciencia.
Mi cuerpo se relaja cuando cubro la cama de punta a punta. Me tienta ese universo de fantasía concentrada y de pronto el miedo me cohíbe. Me da miedo no volver y no poder sentir otra vez. Pienso como sería no despertar jamás. Pienso que no quiero dormir, pero ya no me puedo despertar. Una sudestada de pensamientos contradictorios baña las costas de mi razón y salpica mis sentidos. Me lleva la marea como si fuera un barco de papel en el medio del océano
La tentación se me presentó y accedí a ella una vez más. Otra vez, me quedé dormido.
En caída libre voy directo al infinito y mis brazos se estiran luchando por quedarme en el mundo consciente, estrujando las sábanas. Un sobresalto me deja con ojos de búho y el cuerpo tenso como una liebre capturada por el cuello por un elegante perro de caza.
El esfuerzo me agita y la tensión deja mi rostro como esas botellas salidas hace segundos del refrigerador en un día de verano.
Esta es otra guerra que no se puede evitar. El día contra la noche. Vivir o soñar. No quiero irme de este mundo. Pero la noche se me acerca vestida de moza y me ofrece una tentadora copa de abstracción, rebajada con un chorro de sentidos plenos, dos rodajas de incoherencia y una pizca de percepciones descartadas por mi conciencia.
Mi cuerpo se relaja cuando cubro la cama de punta a punta. Me tienta ese universo de fantasía concentrada y de pronto el miedo me cohíbe. Me da miedo no volver y no poder sentir otra vez. Pienso como sería no despertar jamás. Pienso que no quiero dormir, pero ya no me puedo despertar. Una sudestada de pensamientos contradictorios baña las costas de mi razón y salpica mis sentidos. Me lleva la marea como si fuera un barco de papel en el medio del océano
La tentación se me presentó y accedí a ella una vez más. Otra vez, me quedé dormido.
domingo, 21 de julio de 2013
Vibrar
Impaciente.
Así era como se sentía. Aturdido, como embriagado, casi podría decirse que
confundido. Lo abrumaban muchos sentimientos encontrados. Había
esperado tanto tiempo que se le había olvidado la cantidad de veces que su
corazón palpitaba cuando se acercaba a ella. La vio, luego de tanto tiempo, y
comenzó la cuenta que rápidamente se perdió cuando todos los números chocaron
en su cien por ese fuerte abrazo. Corto, pero muy sentido. Se miraban
de reojo, con pena, con ganas decirse cosas pero todo bajo un velo de
incomodidad y de inseguridad que no hacía más que esconder tras una capa
traslúcida los verdaderos sentimientos.
Un primer
acercamiento. Hubo un cruce de miradas y un contacto más cercano y un deseo que
quedó expreso en un papel. Él le escribió su amor cifrado en número. Era su
deseo, su intención de verla, que se veía escrita en forma de un posible
contacto telefónico. Algo pasó.
Si interpuso una inmensa y larga pared de distancia entre ellos. ¿Sería el
tiempo acaso? ¿Sería un sentimiento mal interpretado? ¿Sería que en realidad no
era lo que pensaban? Un frío ártico estaba helando su sangre aunque su corazón
seguía latiendo ante la más mínima señal de un posible acercamiento. Se oían
golpes como si algo quisiera salir. Le brotaban del pecho. Estaba pasando de
nuevo. Se habían visto y se había acercado. Él la sentía. Estaba vivo por
dentro.
Buscó el
mejor momento para que no quede muy evidente su necesidad y la
invitó a que se acercara a él. Era la posibilidad para que estuvieran juntos.
Eso que había querido y había quedado pospuesto hacía tanto tiempo. Estaban
juntos. Solo faltaba un lento acercamiento. Casi tímido fue buscando temas en
común, se ubicaron cerca y comenzó una danza que ya había bailado. Se tocaron.
Él buscaba sentir sus reacciones. Se acercó a ella, la tomó de los pies y los
apoyó en sus piernas para sentirla junto a él. Un tema
hacía de cortina musical, algunos comentarios sonaban de fondo pero se escucha
la música de la pasión que subía sus tonos a medida que los segundos seguían
transcurriendo.
Una excusa
fue el disparador perfecto para encontrarse totalmente solos. Aunque ya estaban
conectados necesitaban ganar un pequeño juego antes. Interiormente se comían
los labios, pero aún se esquivan las miradas de fuego. El calor del cuerpo del
otro se sentía como si fueses calefactores. Querían demostrarse que podían
resistir esa tentación. Tocaron
distintos temas que los mantuvieron lo suficientemente distraídos por unos
cuantos minutos, pero la mente de él se nubló. Se perdió en las razones, fluyó
con cada una de las gotas de su sangre que hervía. Tomó la iniciativa, se
acercó y como con una palada de brasas ardientes quiso encenderla acercándose
más y dejándose sentir.
Su mente ya
estaba unos pasos por delante de él, se vía abrazándola y besándola, aunque ahí
estaban los dos apenas enrollados en la cama para paliar un poco el frío. La pasión
quería hacer erupción sobre el cuerpo de su dionisia y sus palabras vencieron
la barrera polar que los separaba. Le hablo de lo difícil que era contenerse,
resistirse estando en ese momento y lugar. Sus propios nervios ya arañaban las
paredes luego de quedarse sin uñas para morder, y sus labios dieron un salto.
Cayeron cerca de los labios de ella como esperando una reacción pero ella se quedó
inmóvil aunque ya lo había
sentido. Un segundo impulso, con más envión ahora, lo hizo caer más cerca de su
boca y cuando estaba volviendo a su posición anterior respondiendo al efecto
natural del rebote, sintió la atracción de un poderoso imán. Como si el polo
norte estuviera magnetizando su brújula, sus labios se pegaron a los de ella.
Se besaron
frenéticamente. Las imágenes invadían el cuarto. Arco iris enormes brotaban de
las paredes, los estantes temblaban, las luces se perdían en una psicodélica
pasión de labios encarnados. Momento. Aire. Alejaron sus cabezas y se miraron
como quien aprecia una piedra preciosa en sus manos y se volvieron a fundir. Ya las
manos de él, agitaban el suave pelo de la muchacha que agradecía con húmedos
besos al joven y este recorría las curvas del cuerpo femenino con sus manos. Las
yemas de sus dedos trazaban líneas imaginarias le encendían el cuerpo. Los
besos llenaron de fuego la habitación y ya en un calor intenso, los cuerpos con ropas desarregladas, liberaron las prendas que fueron
decorando el suelo.
Una
alfombra de paños, que antes los vestían, era testigo ahora de un auténtico
frenesí. Los labios del joven ya habían dejado la boca de la morena mujer. Se
corrían lentamente por su mejilla y con la punta de su lengua bailaban juntos
en su oreja. El bello facial de él daba una sensación de cosquilleo que
enriquecía más la danza. El joven seguía su trayecto. Bajaba lentamente por su
cuello y lo recorría longitudinalmente humedeciendo las zonas que transitaba. Pecho
contra pecho, los morenos senos turgentes vibraban mientras unas manos viriles los
contenían. Ya prisioneros de sus dedos, la palma de la mano los presionaba exprimiendo la pasión y una caballería de apoyo con la bandera del habla caía en labios carnosos seguida de una formación de bellos que repiqueteaban por el
cuello. Se estaba librando una apasionada batalla. Un muchacho devoraba con bocanadas de
furor a joven muchacha y la respiración de ambos se hacía cada vez más intensa. Yemas de dedos rodearon y acariciaron el
pecho de la mujer y mientras la boca de él pasó el ecuador de su cuerpo y metió de
cabeza en el centro máximo de placer.
Un gemido
hizo eco en el cuarto y quedo retumbando en la mente de ambos aún hasta el día
de hoy. Labio contra labio. En encuentro vigoroso de partes uniéndose suavemente. Un vals dulce y eterno en donde los pares se fundían en un clima
cálido y febril. Hervían los cuerpos, las manos de ella se enredaban el cabello
del hombre que enloquecía antes sus placenteras torsiones. Él apenas levantaba su
mirada para ver los llanos fundidos con montañas y como un sol naciente la
sonrisa iluminada de ella le devolvía el aliento al muchacho para fundirse nuevamente en ella.
Así bailaron unos largos minutos hasta que la
muchacha vibró tan intensa como en un terremoto y explotó por dentro llevando a la
superficie toda la belleza que a él lo enamoraba.
Ojos vacíos llenos
No era la primera vez que le pasaba. Ya un par de veces antes se había dado cuenta. ¿Qué digo solo "un par"? Muchas otras veces ya había descubierto algo distinto en su mirada. Se despistó al no estar muy seguro de lo que exactamente era.
No podía decir que no había nada en su mirada. Le costaba aceptar que no pudiera haber algo en algo que siempre tiene algo. Me mareé. Quiero decir, él era de los que piensan que siempre hay algo en todo. Cómo los que miran el vaso medio lleno de la vida. Siempre hay agua, no es que no hay cierta cantidad de agua, hay y listo.
Eso le pasaba, él sabía que había algo en su mirada pero no estaba muy seguro de que se trataba. Lo presentía, si, pero dicen que "no hay peor ciego que el que no quiere ver" y tal vez si había algo raro en su mirada pero había cosas mucho más raras que simplemente sus ojos. Era una persona desconectada de él. Lo besaba sin pasión, lo acariciaba sin ternura. Era como si lo quisiera por compromiso. Era lo que había, más no podía hacer. Lo trataba como si lo quisiera por lo que había sido. Como si el amor se hubiese archivado, como quien guarda la ropa de invierno terminando la primavera. Se había guardado todo el amor que una vez pensó darle y no quería dárselo. Ya no más. Se lo había guardado para otra persona.
Era eso. Eso era. Su mirada ya no tenía amor. Él la miraba a los ojos y no podía ver más que sus ojos marrones perdidos, mirando para otro lado. Como alguien que no quiere ver lo que tiene enfrente porque ya no le gusta y hasta le genera rechazo.
Por fin se había dado cuenta de lo que había en su mirada. ¡Y estaba repleto de eso! Le desbordaba por los ojos, le salía de a "gotitas" por los poros como cuando uno camina bajo sol pleno en los primeros días de verano. También le había inundado el corazón, que se sentía ahogado cuando estaban cerca. Apenas soltaba por lo bajo un "te quiero" o un descolorido "te amo" y esas palabras se perdían en el ambiente sin hacer eco en los oídos de él.
Esos ojos que una vez estuvieron llenos de amor, seguían llenos. Pero en lugar de amor, ahora solo había vacío. Un vacío tan helado como los vientos polares del invierno. Y entonces, las miradas de ella lo fueron helando, lo congelaron y lo golpearon de lleno en el pecho. Un día el frío lo paralizo de repente y cuando la sangre en su cuerpo comenzó circular nuevamente, se pudo dar cuenta aquello estaba viendo hace rato. Entre ellos dos ya no había más nada que pasado.
No podía decir que no había nada en su mirada. Le costaba aceptar que no pudiera haber algo en algo que siempre tiene algo. Me mareé. Quiero decir, él era de los que piensan que siempre hay algo en todo. Cómo los que miran el vaso medio lleno de la vida. Siempre hay agua, no es que no hay cierta cantidad de agua, hay y listo.
Eso le pasaba, él sabía que había algo en su mirada pero no estaba muy seguro de que se trataba. Lo presentía, si, pero dicen que "no hay peor ciego que el que no quiere ver" y tal vez si había algo raro en su mirada pero había cosas mucho más raras que simplemente sus ojos. Era una persona desconectada de él. Lo besaba sin pasión, lo acariciaba sin ternura. Era como si lo quisiera por compromiso. Era lo que había, más no podía hacer. Lo trataba como si lo quisiera por lo que había sido. Como si el amor se hubiese archivado, como quien guarda la ropa de invierno terminando la primavera. Se había guardado todo el amor que una vez pensó darle y no quería dárselo. Ya no más. Se lo había guardado para otra persona.
Era eso. Eso era. Su mirada ya no tenía amor. Él la miraba a los ojos y no podía ver más que sus ojos marrones perdidos, mirando para otro lado. Como alguien que no quiere ver lo que tiene enfrente porque ya no le gusta y hasta le genera rechazo.
Por fin se había dado cuenta de lo que había en su mirada. ¡Y estaba repleto de eso! Le desbordaba por los ojos, le salía de a "gotitas" por los poros como cuando uno camina bajo sol pleno en los primeros días de verano. También le había inundado el corazón, que se sentía ahogado cuando estaban cerca. Apenas soltaba por lo bajo un "te quiero" o un descolorido "te amo" y esas palabras se perdían en el ambiente sin hacer eco en los oídos de él.
Esos ojos que una vez estuvieron llenos de amor, seguían llenos. Pero en lugar de amor, ahora solo había vacío. Un vacío tan helado como los vientos polares del invierno. Y entonces, las miradas de ella lo fueron helando, lo congelaron y lo golpearon de lleno en el pecho. Un día el frío lo paralizo de repente y cuando la sangre en su cuerpo comenzó circular nuevamente, se pudo dar cuenta aquello estaba viendo hace rato. Entre ellos dos ya no había más nada que pasado.
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